Viernes, 24 de diciembre de 2004

POSTALES: ENTRE RIOS
Nueces pintadas para adornar el árbol
Ana María Schenfeldt vive en Patagones desde hace años, pero su vida comenzó en un campo de Stroeder junto a un grupo de colonos ruso alemanes que se
establecieron allí en 1917.
Susana Yappert.
sy@patagonia.com.ar
Los primeros años del siglo fueron difíciles en la Comarca Viedma-Carmen
de Patagones. La ganadería mostraba sus limitaciones, los intentos de
desarrollar la vitivinicultura terminaron en 1916 con la quiebra de la
Compañía Vitivinícola Río Negro y hacia fines de la primera década del
siglo fracasaba la Compañía a Vapor del Río Negro, entre otros episodios
que hacían languidecer la economía del Valle Inferior.
Pero durante la segunda década se registró una expansión debido al desarrollo
de la agricultura de tipo marginal provocada por la llegada del ferrocarril y
de un grupo de inmigrantes ruso alemanes que dieron impulso a la producción
triguera.
Estos colonos, alemanes del Volga, emigraron de Rusia porque los habitantes
de ese país los hostilizaban permanentemente.
Uno de sus destinos fue la Argentina, especialmente La Pampa.
Allí tuvieron enormes dificultades con el riego, situación que se agravó
con una prolongada sequía y que terminó expulsándolos a otros sitios.
Algunos se establecieron en Stroeder, a 100 kilómetros de Patagones, punta de
rieles.
Ana María Schenfeldt nació allí el 30 de diciembre de 1921 y aún hoy sus
distancias se miden en leguas y el punto de referencia de su mapa interior es
la estación del tren. Sus recuerdos aparecen nítidos.
Algunos son tiernos, tan
tiernos que conmueven. Otros, dolorosos, aun cuando en su relato aparezcan
amortiguados por el tiempo.
Ana María desanda su vida con simpleza. Recrea el campo de su infancia en
Stroeder, los primeros años con su marido, Ovidio Roche, en Casás, la chacrita
que tuvieron juntos en Idevi y sus últimos años en la ciudad de Patagones.
Su relato se inicia con sus padres, quienes junto a un grupo de inmigrantes
ruso alemanes se establecieron en Winifreda (La Pampa). “Mi mamá llegó a la
Argentina con siete años; venía de Rumania, aunque había nacido en Bulgaria.
Mi papá llegó con catorce y había nacido en Rusia. El era ruso alemán y
hablaba un dialecto diferente al de mi mamá. Nosotros hablábamos como él y
así se hablaba en casa y entre los vecinos. Mi mamá también terminó hablando
ese dialecto, tanto que sus hermanos que vivían en La Pampa se reían cuando la
escuchaban”.
Una extensa y dolorosa sequía les cambió el rumbo y en 1917 partieron hacia
el sur de la provincia de Buenos Aires, donde el gobierno ofrecía tierra para
colonizar, en Stroeder.
Sus padres llegaron casados y con una niña de días.
“Mi hermana mayor había nacido el 1 de marzo de ese año y el 17 llegaron a
Stroeder. Acá era todo monte -relata Ana María- El gobierno daba tierras a
matrimonios jóvenes. Vinieron con un grupo de ruso alemanes, aunque había de
otras nacionalidades.
Yo siempre me acuerdo de que los domingos se veían
sulkys aperos pintados de colores, porque en aquella época no había autos;
el primer Ford T lo tuvo mi papá-.
Eramos muchos chicos en el lugar, porque
en esa época tenían muchos hijos; nunca estábamos entre personas grandes ni
sabíamos de qué hablaban los grandes. Nosotros éramos catorce hermanos, yo
era la tercera, así es que casi todos los años teníamos un bebé nuevo para
cuidar”.
Ana María muestra una foto en la que está junto a sus hermanos. Cabecitas muy
rubias, ojos que de tan celestes parecen transparentes, ropa de fiesta y el día
inolvidable de haber posado para aquella fotografía. De los catorce hermanos, a
los que enumera uno por uno, sólo una hermana murió joven. “Yo nací en el c
ampo -continúa el relato-. Tengo recuerdos muy lindos de mi infancia.
La sequía en La Pampa -contaban- había sido tremenda, por eso los primeros
recuerdos que tenía la familia eran los vinculados con el agua que encontraron
al llegar acá. Mi papá, Martín Schenfeldt, hizo un jagüel con el vecino que
tenía como ocho metros de hondo y sacó agua mineral. Compró una hectárea y
puso álamos alrededor, así que cuando yo tenía siete u ocho años los álamos
estaban grandes. Mi mamá siempre largaba el agua desde un tanque australiano
grande.
El tanque estaba en una plataforma alta como una mesa, lo subían para poder
regar. Me acuerdo de que un día mi papá trajo rosales, plantó rosales
perfumados cada cinco metros y después trajo crisantemos. Era la primera
vez que veía esas flores... hicimos un lindo jardín.
Todos trabajábamos -recuerda Ana María-. Nos mandaban a la escuela, pero
cuando empezaba la cosecha no nos mandaban más. Teníamos que cuidar a los
hermanos menores y a los animales. En ese tiempo había un ‘púa’ bajito y
teníamos que cuidar que no se fueran los animales para lo de los vecinos.
Cerca de mi casa se hizo una capilla y una vez por mes venía un cura. Mi
mamá iba a la primera misa y yo iba a la segunda con mi papá; mientras
tanto mi mamá ordeñaba. ¡Cómo trabajaba mi mamá! ¡Ordeñaba cinco o seis
vacas por día! Hacía una huerta enorme... ¡hasta sembraba maní, sacaba un
fuentón lleno de maní! Además, hacía la comida para todos, lavaba, nos hacía
muñecas de trapo, nos enseñaba a tejer y casi siempre estaba embarazada”.
En medio de estas escenas de la vida cotidiana, recupera días inolvidables.
Entre ellos, la fiesta de Navidad. Era la celebración más importante:
“Unos días antes de Navidad mi mamá y mi papá se iban al pueblo a hacer
compras y en la Nochebuena alguien se disfrazaba de Papá Noel. En realidad
había dos personajes, Papá Noel y el Niño Jesús. Era distinto, a Papá Noel
le teníamos miedo y el que traía los regalos era el Niño Jesús. Como allá
(en Stroeder) no había pinos, hacíamos el árbol de Navidad en un álamo y
lo adornábamos con nueces pintadas de colores y con galletas que hacían las
mujeres. Eran todas chacras chicas, y para primero de año venían todos los
vecinos a casa. Les enseñaban a sus hijos un verso largo para recitar durante
la fiesta. Los versos estaban llenos de buenos deseos para todos, era muy
divertido. La gente era muy unida en el campo, éramos todos amigos y nos
ayudábamos muchísimo”.
Stroeder -cuenta- era un pueblito chiquito y allí vivían muchos judíos y turcos.
Ella los recuerda con cariño, porque ayudaron mucho a sus padres: “Venían a
buscar repollos, choclos, lechuga y cebollas que mamá unía mediante trenzas
para colgarlas en el galpón. Una chica que vivía cerca vendía nuestra leche,
la llevaba en tachos en un carro y la vendía a diez centavos el litro. Mi
mamá se las rebuscaba así... en aquel tiempo era todo trabajar, todo trabajar,
no había descanso”.
Su padre, Martín Schenfeldt, trabajaba la tierra y, como casi todos, sembraba
trigo. Con la llegada de estos colonos -afirma el historiador Héctor Rey en
su “Historia del Valle Inferior del Río Negro”- el panorama cambió y la
“reanimación se tradujo en un mayor movimiento comercial: en 1927 saldrían
por el puerto de Patagones 130.000 bolsas de trigo”.
A Martín, como a la mayoría de los agricultores, durante los primeros años
le fue muy bien, vendía a buen pecio. Pero -paradojas de la Argentina-
“perdió todo cuando quiso crecer”. Compró su primer campo y le fue bien,
entonces compró otro y alquiló uno más; ahí las cosas se complicaron.
Cuando planeó el negocio grande, el trigo valía 18 pesos, pero cuando
compró, el trigo bajó a cinco y perdió todo. Su hija cree que esto ocurrió
durante la crisis del ’30, porque ella tenía cerca de ocho años. Así fue
que, tras quince años, tuvieron que dejar Stroeder.
“Cuando pasó eso -sigue Ana María- nos vinimos a un campo en Casás (entre
Patagones y San Blas), donde mi papá le alquiló a Amado Catáneo, un
hombre de Bahía Blanca. Se les daba un porcentaje del trigo a los dueños
del campo: unos daban el 15%, otros el 20%”. Allí estuvieron cerca de 38 años.
En aquel tiempo los hijos del matrimonio Schenfeldt crecieron y fueron haciendo
su destino. Ana María no estuvo mucho tiempo en aquel campo. Un día, en un baile
que se hacía en el galpón del ferrocarril de Casás, conoció a Ovidio Roche,
un apellido de arraigo en la zona, perteneciente a una de las familias más
antiguas de Patagones. Cuando lo conoció ella tenía 16 años y él 25, y
trabajaba en la estiba. “Antes se ganaba muy bien con la estiba, así que
nos casamos y nos fuimos a vivir a Casás, que era un pueblo más grande que
el de ahora. Cuando mis chicos iban a la escuela -explica- había como cien
alumnos, pero después la gente se fue del lugar. Pasó que casi todos tenían
campos chicos y un día dijeron que no se podían tener campos de menos de
quinientas hectáreas y no todos se pudieron quedar”.
Luego siguió el tiempo de la lucha y la crianza de su propia familia:
“Tuve primero un varón, que hoy tiene campo, igual que sus hijos; después
llegaron dos hijas”. Al poco tiempo, Ana María y Ovidio se establecieron
en otra casa, que tenía una hectárea y media. Como había lugar, Ana María
le pidió a Ovidio una vaca. “Me gustaba muchísimo ordeñar, aunque siempre
tuve vacas duras para ordeñar. Cuando mis hijos iban creciendo salían a
repartir leche. Antes de ir al colegio repartían veinte litros de leche
en botellas. Trabajábamos todos. Se levantaban temprano. Nunca protestaban.
Los llamaba y en seguida salían de la cama. Antes de ir a la escuela lavaban
las botellas de leche, las llenábamos y las vendían”.
Tiempo después -en 1957- dejaron Casás y se fueron a otro paraje
cercano llamado Mediano Quinto, donde adquirieron un lote fiscal
y compraron un Ford T. Allí tuvieron hacienda. Criaron ovejas. El hijo mayor
ya trabajaba con ellos; Dora, la segunda, había ganado una beca para hacer
el magisterio y la más pequeña todavía estaba en casa con ellos. Ana María
recuerda que cuando llegaron al campo nuevo no había nada y durante un
tiempito tuvieron que vivir en una carpa a la que le habían puesto un techo.
Mientras tanto -y gracias a un mayo sin lluvias- pudieron terminar los
ladrillos de adobe para levantar su casa.
En este campo siguieron la lucha y disfrutaron de los primeros nietos.
Vivieron allí hasta 1982, año en que vendieron aquella propiedad para
comprar una “quinta hermosa en Idevi”. Pero una mala sociedad terminó
con el sueño de ser fruticultores y decidieron establecerse en Patagones.
“Ya era hora de descansar... -piensa-. Tengo recuerdos lindos de mi infancia,
aunque fue una vida muy sacrificada. La vida de campo me gustaba, pero no
extrañé cuando me vine a Patagones, ya estaba un poco cansada.
Si ahora me dicen de ir a vivir al campo, digo que no, no quiero saber nada.
Creo que trabajamos muchísimo, toda la vida. Pero nos gustaba, somos gente
de campo, creo que por eso mis hijos, nietos y bisnietos siguen vinculados
con estas tierras”, afirma Ana María.
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