
CAMPO ZIEGLER, Entre Ríos.- "Estuve atendiendo los terneros; teníamos 30 encerrados y tuvimos que venderlos porque mi papá iba a pagar un crédito." Así narró su día el estudiante Gonzalo Leonel Schaab, de 9 años, el único alumno de la Escuela Nº 191 La Marina, en la campiña entrerriana.
Campo Ziegler no figura en los mapas, y tampoco Boca del Tigre, la localidad más cercana, pero se trata de una zona poblada por algunos campesinos, descendientes de alemanes del Volga, dedicados al tambo, la miel, las aves o las cosechas.
Para llegar desde Paraná hay que viajar 50 kilómetros hacia el Este por la ruta nacional 12 y hacer otros 7 kilómetros de caminos naturales, que se vuelven intransitables en los días de lluvia por el tipo de tierra de la zona y por la presencia de algunos productores obligados a salir con la leche en cualquier circunstancia.
La Nación encontró la escuela tras sortear dos pantanos y dos arroyos crecidos con la ayuda de algunos vecinos. La bandera flameaba en lo alto, y la maestra Stella Maris Larrazábal salió al encuentro, de estricto guardapolvo blanco, con un gesto adusto que sólo trocó por una sonrisa cuando comprobó que se trataba de un periodista.
"No sabe cómo me late el corazón", confesó enseguida, y reconoció que perdió la tranquilidad desde el robo que sufrió la semana última, cuando unos desconocidos "forzaron las cerraduras y vaciaron el edificio; sólo nos dejaron los bancos y el pizarrón".
Entre el aula y el campo.
El rubio Gonzalo Leonel Schaab estaba repasando la ubicación de su provincia en el globo terráqueo, y aprovechaba para buscar Sydney, motivado por los Juegos Olímpicos. Alto para sus 9 años, y de sonrisa diáfana, sus facciones no esconden el origen rusoalemán, como descendiente de los esforzados colonos que viajaron del Volga al Paraná hace más de un siglo.
Durante el diálogo se mostró desenvuelto. "¿Cómo crían los terneros?, ¿les dan mamadera?", preguntó La Nación . "No, les enseñamos con el dedo a tomar en el balde; después les damos suero, y cuando crecen van a los corrales." Es que Gonzalo, el benjamín de una familia con seis hijos, puede dudar cuando se lo interroga por geografía, pero será difícil sorprenderlo con una pregunta sobre las faenas de su casa.
"Tenemos puras Holando; había un toro colorado, pero no sacaba muchos terneros. Ordeñan mi papá y mi mamá. También tenemos gallinas. A mí me gusta más manejar el tractor", dijo.
La escuelita La Marina supo albergar hasta 30 alumnos en los años anteriores, en sus dos aulas, pero el éxodo de los campesinos y una mayor concentración de chicos en otra escuela que ofrece el tercer ciclo la dejaron sólo con un alumno este año.
"Es un chico con una gran voluntad: viene a pie o en bicicleta, y otras veces llega a caballo a las 12 y media, damos clases, y luego va a un campo cercano para arrear las vacas y ordeñarlas en el tambo de su papá", comentó orgullosa su maestra, que es a la vez directora y único personal del establecimiento.
¿Cómo es un día de clases aquí? "Dejo el auto en el ripio y camino un kilómetro y medio hasta acá. A veces me gana Gonzalo", admitió la docente. "Nos saludamos, ponemos un cassette con la marcha A mi bandera o Aurora , él iza la bandera y yo hago de escolta. Mientras conversamos, tomamos mate; él toma mate amargo."
Habían pasado ya diez minutos de las cuatro y media y las clases debían terminar. Stella Maris puso un cassette, caminó con Gonzalo hasta el mástil y cantaron mientras el rubio entrerriano, serio y solemne, arriaba una desteñida y nunca tan patriótica bandera argentina.
Por Daniel Tirso Fiorotto
Enviada especial