
De Paraná a Diamante, en el oeste de
Entre Ríos, la ruta nacional 11 corta una comarca de lomadas y cultivos.
A la vera del asfalto aparecen hombres rubios, montando tractores y cosechadoras.
También vehículos dignos de la familia Ingalls, que los lugareños llaman carros
rusos. Y, de trecho en trecho, pueblitos de edificación baja y nombres que
encienden curiosidad: Aldea Brasilera, Salto, Spazenkutter, Aldea Protestante,
Valle María.
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Sus casas más antiguas, extrañamente, no tienen puerta al frente.
Sólo ventanas, a veces enrejadas. Detrás de ellas se toma mate con kreppel
(versión teutona de la torta frita), se habla un dialecto alemán del
siglo XVIII -algo contaminado de palabras rusas- y, en días de fiesta,
el acordeón desgrana mazurcas, polcas y chotis no menos añejos. Una empinada
iglesia, de líneas neogóticas, suele ocupar el centro del poblado. A kilómetros
de sus agujas, en medio de los trigales, otros templos coronan las tumbas del
cementerio viejo. Recrean a escala de juguete capillas que, hace más de
doscientos años, levantó un pueblo de labriegos sobre la desolada estepa rusa
y quizá ya no existan. |
![]() Las fotos de los pioneros reflejan una comunidad laboriosa y patriarcal. |
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Así, ningún colono tiró la toalla. Se agruparon en aldeas e hicieron de sus
casas un baluarte -sin acceso por el frente- para defenderse de lobos y mongoles,
abrieron surcos en la ruda estepa y, buscando contar con madera, aclimataron
especies arbóreas centroeuropeas. Hasta se dieron tiempo para cumplir con
entusiasmo el mandato bíblico de honrar a Dios y multiplicar la especie.
Un siglo después, las espigas cubrían un área superior a Suiza y las aldeas
madre sobrepasaban el centenar. Pero la colonia del Volga estaba sobrepoblada
a despecho de continuas expansiones territoriales (el promedio inicial de
hectáreas por habitante cayó a la décima parte). Encima, caducaron los
privilegios concedidos por Catalina la Grande y las autoridades se empeñaron
en rusificar la colonia alemana. Primero exigieron el aprendizaje del ruso y
el cumplimiento del servicio militar. Más tarde abrogaron la autonomía de que
gozaban las aldeas. Y corrió el rumor de que también pretendían imponer la
religión oficial. La hora de buscar nuevos horizontes había llegado. |
![]() Centurias de aislamiento han preservado entre los volguenses reliquias musicológicas. La cordeona de Rodolfo Ladner, por ejemplo, acostumbra desgranar melodías del siglo XVIII en los días de fiesta . |
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Los de Mariental no esperaron que se resolviera la controversia y formaron
aldea con las carpas provistas por el gobierno. Tratando de torcerles el brazo,
Navarro solicitó su restitución secundado por un piquete de policías. Grande
fue la sorpresa cuando descubrió que ya no las precisaban: habían construido
viviendas bajo tierra, como los pioneros del Volga, para impedir que los
movieran del lugar. La ocurrencia le valió a Valle María el mote
de Vizcacheras. Los volguenses finalmente se salieron con la suya -decisión del presidente Avellaneda mediante- y el pueblo subterráneo pudo ganar altura a fuerza de adobe y ladrillo. Paralelamente se alzaron las otras aldeas madre: Spazenkutter (jolgorio de gorriones), Santa Cruz (hoy Salto), San Francisco y Protestante, que concentró al minoritario grupo de confesión evangélica. Y en 1880 otra corriente escapada de Brasil fundó, a orillas del arroyo Salto, la Aldea Brasilera. Para entonces, superados los recelos iniciales, rusos y criollos habían establecido un enriquecedor intercambio. Los colonos se vistieron de bombacha y alpargatas, reemplazaron el hábito ruso del té por el vernáculo del mate e incorporaron el asado a su gastronomía, el valseado a sus fiestas y el truco a su ocio. Y los locales adoptaron el carro ruso, la polca y el kreppel, y cambiaron la dura galleta porteña por el esponjoso pan casero que se hacía en la colonia. |
![]() No es casual que se considere a los alemanes del Volga el pueblo de la cruz y el arado. Durante la semana, se los verá siempre junto a tractores y trilladoras. El domingo lo consagran a Dios. |